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Políticas para salir de esta crisis

 

Joaquín Trigo

 

La producción española ha perdido competitividad como resultado de un diferencial adverso de precios, de la apreciación del euro y del abaratamiento de importaciones procedentes de países ajenos a la UE. Tradicionalmente la pérdida de competitividad se arreglaba con la devaluación, que ahora está fuera de nuestro alcance. Otra alternativa consiste en eliminar los empleos de baja productividad conservando los de mayor eficiencia; algo posible, pero indeseable. Podría pensarse en reducción de salarios, lo que siempre es impopular y en un momento de alza de precios es simplemente inviable.

 

Pueden considerarse medidas de demanda, como más gasto público o aumento en la oferta monetaria, que abarataría el coste del crédito, pero la primera anticipa futuros aumentos de impuestos y, lo mismo que la segunda, tras un momento inicial y fugaz de aumento de la demanda, pueden disiparse en aumento de precios en lugar de facilitar la inversión y la nueva contratación laboral.
En el contexto actual se impone encontrar medios para mejorar la competitividad y aplicarlos en la dosis pertinente durante el tiempo que convenga, teniendo presente que deben ajustarse a requisitos precisos: ser eficaces, aportar resultados a corto plazo, tener un impacto persistente sobre la eficiencia económica del país, no generar una oposición capaz de cuestionar su aprobación y ser gratuitas o, al menos, ser baratas y ayudar a generar los recursos con los que pagarlas. Hay precedentes de estas políticas. Se hicieron en 1985 y en 1994 y 1996. En los dos primeros casos con gobierno socialista presidido por Felipe González y siendo Ministros de Economía Boyer y Solbes, respectivamente. El primer Gobierno de José María Aznar con Rato como Ministro de Economía es otro ejemplo. En estos casos se adoptaron medidas de liberalización de los nuevos contratos de alquiler y se actualizaron los viejos, se dio libertad de amortización a las nuevas inversiones, se privatizaron empresas públicas y se introdujo competencia en mercados regulados y un largo etcétera que permitió resultados tangibles, facilitó la entrada en la primera fase de la moneda única, contribuyó a la creación y el mantenimiento de empleo y demostró la posibilidad de contribuir a la superación de situaciones críticas mejorando la estructura productiva y la competitividad.
Las medidas que dieron resultado antes de la adopción del euro no se pueden volver a plantear y perdieron su eficacia inicial debido a varias circunstancias como la aparición de nuevos competidores con estructuras de costes imposibles de igualar, la depreciación del dólar y otras monedas, o la ampliación de la UE y, con ella, el aumento de la competencia interna. Si se considera que el empleo en la construcción, aproximadamente el 12% del total, se reducirá por una caída del número de viviendas iniciadas que las deje en la mitad del año pasado y que esa reducción incidirá en la cadena de suministros y en la demanda de consumo, convendría articular las actuaciones de inmediato e iniciar las acciones sin esperar a un mayor deterioro. La pregunta inicial es ¿qué hacer?


MEDIDAS DE OFERTA EN 2008


El sector público, incluyendo las empresas de titularidad estatal o de ámbito autonómico, provincial y local deben reducir sus plazos de pago. El propósito es que los contratistas y proveedores no tengan que descontar sus certificaciones de obra y facturas; así liberarían recursos bancarios que quedarían disponibles para otras empresas y, en la siguiente licitación, las ofertas serían más baratas permitiendo más compras de los mismos o de otros productos. Si se considera que el sector público es, con mucho, el mayor comprador del país y que en países como Francia paga a 30 días, es una opción que sería más eficaz si los contratistas y vendedores trasladaran a sus proveedores la misma diligencia.
 

 

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