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Pues no hay quien se aclare

 

Josep María Prats

(12/06/2008)

 

Ante el aturdidor ambiente en el que nos reasumían los nuevos batacazos con los que se iniciaba el ejercicio anotábamos que cualquier diagnóstico, por lo demás tan necesario, debía aguardar a junio. Hasta entonces lo único honestamente predecible era que “la bolsa oscilará”. Y lo cierto es que, como con lo relacionado con la sequía, la primavera ofrece una tal volatilidad que sigue dificultando cualquier discernimiento.

Y es que entendíamos que sólo con el avance de la primavera sería posible empezar a evaluar los efectos generados por la crisis detonada por las hipotecas subprime, tan genuinamente norteamericanas, sobre las instituciones financieras, el contagio mundial del estropicio y, quizá lo más importante, su impregnación en la economía real. Es decir: el hasta qué punto las nerviosas, y recurrentes, debacles bursátiles resultaban atinadas y proporcionadas.
Pero aún confirmándose la aparición de signos, éstos son tan contradictorios que poco ayudan a la tan ansiada clarificación que permita otear el horizonte. Y es que, en efecto, ya en abril, y mientras los antes augures del 15.000 pasan a profetizar un inmediato 8.000, parecen vislumbrarse las anheladas señales esperanzadoras, con lo que el 19 de mayo el Ibex refleja un 14.250, próximo pues al máximo del año y atenuando así la pérdida acumulada desde el inicio de éste.
Pero muy poco dura el gozo. Ya en la inmediata sesión cede un 1,8% para llevarlo en la del 23 a rozar un 13.500 que venía siendo el soporte de referencia y con el que, acotábamos, muchos, aún con el florecimiento primaveral, se darían por contentos. Lo preocupante es que éste se da por perdido con el inicio de junio con causas que algunos centran en la crisis de una entidad hipotecaria británica, pero que se sigue deteriorando a lo largo de sesiones muy complicadas, soliendo ir de un inicio algo menos malo a peor, que dejan saldos de entre el dos y el 2,5%, con lo que, y al rebufo de unas curiosas declaraciones bastante a la gallega de Trichet sobre una próxima subida del tipo del euro, pierde ya el 13.000 con lo que, tras rozar el 12.560, el notable rebote al día siguiente lo coloca al cierre de estas líneas en el 12.853. Para situarnos: cercano al tan azorante mínimo de enero y equivalente a un retroceso que de nuevo supera al 16% desde el inicio del 2008, mientras que hace un año junio se iniciaba recuperando los 15.000, pareciendo así hacerlo respecto al trompazo primaveral.


NI LO UNO NI LO OTRO, SINO TODO LO CONTRARIO…


¿Cuál es, pues, el indicativo más válido en estos dos importantes meses desde el último contacto con el amable lector? Si se nos permite un oportunista símil metereológico: ¿la angustiante sequía o el creciente temor a las inundaciones? En lo bursátil, y por orden cronológico: ¿la aproximación al máximo anual, por demás harto menguado, o al tan inquietante mínimo? Siquiera la diferencia de 3.000 puntos, y especialmente la mareante volatilidad en la que se modula, relativizan cualquier pronóstico sobre el que asentar cualquier decisión
Y tanto más en cuanto las circunstancias objetivas no parecen haber variado esencialmente en este breve pero intenso intervalo. El petróleo sigue, en efecto, en máximos, pero no sin notables oscilaciones, mientras que las tensiones oferta-demanda solidifican la percepción de ser más estructurales que coyunturales. Y el dólar lo hace en mínimos, pero conviniendo que quienes bienviven de la amplia gama de pesebres públicos no olvidaran que, y especialmente para países como España, esta distorsión atempera los efectos de la primera. Tampoco resulta precisamente banal subrayar el nexo entre las oscilaciones de ambos precios, lo que evidenciaría que quienes venimos formulando la fuerte incidencia de la especulación, en mayor rigor: de unos especuladores con pelaje crecientemente variopinto, no somos necesariamente unos demagogos.
¿Qué es, por tanto y si resulta identificable, lo que diferencia ambos hitos? En el del repunte inicial parecía discernirse la posibilidad de que en la crisis financiera se empezaran a percibir los resultados de las diversas medidas públicas y a depurarse los efectos potencialmente letales de una nefasta, pero en su día exultantemente jaleada, gestión de buena parte de sus altos responsables empresariales. Siguiendo con el símil meteorológico, en las tertulias de Gemma Tonijuan en Intereconomía acudíamos al de los pantanos, tan puntual en Catalunya: en abril éstos se hallaban secos, sin que entrara, ni saliera, una gota de la vital agua. Igual sucedía en los de liquidez financiera, mientras los responsables se abstenían adicionalmente de circular la disponible, sumidos en una atenuante incertidumbre agravada por la desconfianza tanto entre ellos mismos como sobre su propia situación real. Avanzada la primavera, empezaron a entrar volúmenes crecientes, plasmables incluso en captación pública de recursos por varios bancos españoles, con la inherente posibilidad de ir resuministrando liquidez para su vital irrigación en la economía real.

 

 

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