Pues sí: casi increíble
Josep María
Prats
(20/09/2009)
Con el verano las tenues esperanzas
primaverales fructifican en un encadenamiento de seis meses recuperativos.
Los índices se sitúan así a los niveles de hace un año, previos pues la
emblemática caída de Lehman Brothers. Lo evidente es que el hoy acelerado
devenir de la historia, a la que resulta vital conocer siquiera por sus
vitales lecciones, no se detiene.
Deviene inútil intentar sintetizar la evolución bursátil desde las últimas
acotaciones de hace cuatro meses. Quedémonos con que confirma un saldo
esperanzadoramente positivo, pero, sobre todo en España, también rozando
lo esquizofrénico. En algunas tandas ofrece, en efecto, el peor
comportamiento europeo y en otras el mejor pese a la sustentada opinión de
que entre sus economías es la que va a salir más tarde de la crisis con el
añadido, progresivamente explícito, del problema político.
Intentando concretar algo más, a finales de mayo parecía superado el
histórico batacazo de febrero, que llevara al 7000, ofreciendo niveles de
resistencia ya en el 9.500 pero con renuencia a los 10.000, y no sin
oscilaciones, aún más desorientadoras que preocupantes, en junio. Con el
estío lo que era techo se va consolidando como suelo para recolocar a
aquél en un 10.500 que pronto pasa a ser 11.000, con un agosto en el que
por primera vez desde abril del 2007, otra gran fecha-referente, los
fondos registrados en la CNMV, y en especial los de perfil conservador,
conocen entradas netas. Con ello septiembre, entre una elevada volatilidad
debida a las materializaciones de rápidos beneficios, tantea el 11.500
para, encadenando seis meses alcistas, cerrar con estas líneas oscilando
alrededor del 11.800, con aparente vocación del 12.000.
Los datos resultan, siquiera como tales, contundentes: un +28% desde el
inicio de año. Pero es que si lo referimos a mínimos, y significa
retroceder tan solo a febrero, resulta un +70%, superior incluso al nada
desdeñable +60% europeo, y con la ventaja, en contraste con la situación
de la economía real, que algunos expertos vinculan con la dependencia de
varios de nuestros valores respecto a Hispanoamérica, zona para la que se
prevé la mayor rapidez recuperativa; como indicador, el Latibex roza este
año el +68,5%, mientras, por cierto, acaba de ser designado vicepresidente
de la Federación Iberoamericana de Bolsas el profesor Joan Hortalá,
presidente de la barcelonesa.
Pero por encima de los datos, ahora de nuevo aparentemente exultantes y en
buen modo desconcertantes, caben, como siempre, algunas ponderaciones.
Como mínimo dos, ambas con lectura diferente según sea desde el pesimismo,
e incluso la prudencia, o del optimismo:
-Aparte de lo desmesurado de su propio ritmo, y toquemos madera, se
modulan sobre volúmenes medios de negociación aún reducidos, reflejo de
que es alto el número de inversores escarmentados que permanecen fuera de
Bolsa. Si ponderamos la radical caída del atractivo de alternativas como
los depósitos en las que se habían masivamente refugiado, puede constituir
señal de que los próximos recortes, harto previsibles, constituirían una
buena oportunidad para recomponer carteras cara al nuevo entorno.
-Casi tres cuartas partes de esta alza corresponden, en el caso español,
al sector bancario. Un dato para la reflexión, pero también aquí el
optimista puede verlo como de buenas prospectivas para el resto.
UN AÑO DESPUÉS, ¿NO HA PASADO NADA?
Pero quizá lo más remarcable de dicho nivel es el que resulta ya superior
al previo a la caída, el 14 de setiembre hacía un año, de Lehman Brother,
después de que se truncara la línea de salvamento por parte del sector
público de otras también emblemáticas entidades. No es simplista centrar
en dicha fecha la precipitación del derrumbe que, no sin oscilaciones,
venía produciéndose desde el reventón del eufórico globo prehinchado en
una alucinada y alucinante combinación de necedades, insensateces,
ensoberbecidas zarandajas, falacias y meras martingalas dentro de una
cultura donde la estafa bursátil de altos vuelos había pasado a gozar de
excelente reputación.
Era el definitivo topetazo con la realidad, significando una masiva
destrucción de riqueza más o menos fútil y devastando los activos no sólo
de los “capitalistas” sino, especialmente, de los inversores minoristas y
los jubilados. Para muchos, como quien suscribe, el indicador de una
crisis sistémica y no sólo en lo financiero. Una crisis fruto globalizado
de lo que en la ciertamente inhabitual, e invalorable, experiencia de una
charla sobre el tema en una comunidad de meritorios benedictinos uno de
sus jóvenes, y académicamente muy calificados, miembros me planteaba a la
mañana siguiente: “a fin de cuentas, ¿no es la codicia desatada?”. Podría
incluso añadirse que el más eficaz enemigo de lo que damos por llamar como
civilización occidental, por lo demás claramente en retroceso, no es sólo
el terrorismo fundamentalista sino gran parte de las prácticas triunfantes
en Wall Street y pandemiadas con evidente eficiencia.
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